Las palabras popularizadas en internet están entrando en las conversaciones cotidianas, dando etiquetas más contundentes a experiencias habituales y dejando menos espacio para los detalles.
Un compañero difícil es “tóxico”. Una semana agotadora es “burnout”. Una velada agradable es “icónica”. Un periodo de reflexión se convierte en “sanación”.
Una encuesta realizada a 12.684 adultos de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia, América Latina y la Unión Europea reveló que el 64% utiliza a veces un lenguaje más dramático que los sentimientos o acontecimientos que está describiendo.
La encuesta de MyIQ reveló que el 71% considera que palabras como “tóxico”, “burnout”, “sanación”, “icónico”, “obsesionado” y “narcisista” se utilizan con mucha más frecuencia que hace cinco años. Otro 58% afirmó que el lenguaje cotidiano resulta ahora menos expresivo que antes.
Estas palabras no cumplen la misma función. “Icónico” y “obsesionado” suelen utilizarse como exageraciones informales. “Burnout” puede describir un agotamiento laboral prolongado. “Narcisista” tiene una asociación clínica, pero ahora se utiliza ampliamente como juicio sobre el comportamiento de una persona.
En internet, esas diferencias se pierden con facilidad. Una palabra que antes aludía a una condición o conducta concreta puede extenderse a través de publicaciones, vídeos y comentarios hasta convertirse en una etiqueta general para cualquier situación desagradable, difícil o cargada de emoción.
El paso del lenguaje especializado al habla popular no es nuevo. Los términos procedentes de la medicina, la psicología, la política y el entretenimiento siempre han llegado a las conversaciones diarias. Las plataformas sociales permiten que circulen con mayor rapidez y, con frecuencia, sin el contexto que antes limitaba su uso.
Como resultado, una palabra conocida puede sustituir una explicación más extensa. Alguien puede describir una relación como “tóxica” sin aclarar si hubo manipulación, incompatibilidad o una sola discusión. Un mes exigente en el trabajo puede calificarse de “burnout” sin distinguir entre el cansancio temporal y el agotamiento sostenido.
La etiqueta deja clara la valoración de quien habla, pero no siempre aclara la experiencia.
El 61% de los encuestados afirmó que las redes sociales han influido en la manera en que describe su vida. Otro 53% indicó que, en ocasiones, se descubre utilizando expresiones que conoció por primera vez en internet sin haberlas elegido de forma consciente.
Este tipo de incorporación puede producirse gradualmente. Una expresión aparece repetidamente en publicaciones y vídeos, se vuelve familiar y termina entrando en la conversación como la forma más accesible de describir una situación. Cuando una persona se da cuenta de que la utiliza, puede que ya no la perciba como una expresión tomada de internet.
Sarah Meyer, directora general de MyIQ, afirmó que la velocidad de esta transferencia distingue el momento actual de otros cambios anteriores en el lenguaje popular.
“Las plataformas sociales favorecen palabras inmediatas, emocionalmente claras y reconocibles al instante”, señaló Meyer. “Cuando esas expresiones entran en las conversaciones cotidianas, pueden influir en la manera en que las personas clasifican lo que les ha ocurrido”.
La encuesta no establece que las redes sociales sean la única causa del cambio ni mide si determinadas palabras alteran las emociones o el comportamiento de una persona. Recoge cómo perciben los encuestados su propia forma de hablar y el lenguaje que escuchan a su alrededor.
Sus respuestas muestran, no obstante, hasta qué punto las expresiones de internet han entrado en los relatos personales sobre el trabajo, las relaciones y la identidad. Los participantes no se limitaban a observar la aparición de nuevas expresiones. Muchos creían estar utilizando términos más intensos de lo que sus experiencias requerían.
Varios participantes afirmaron que solo tomaron conciencia de este hábito después de que otras personas les devolvieran sus propias palabras.
“Me di cuenta de que describía casi todo como ‘tóxico’ o ‘sanación’, incluso cuando ninguna de las dos palabras encajaba realmente”, explicó una persona encuestada. “Solo reparé en la frecuencia con la que utilizaba expresiones que había visto en internet cuando alguien me lo señaló”.
Otra persona afirmó: “A veces me escucho hablar y parece que estoy escribiendo el pie de foto de una publicación de Instagram, en lugar de contarle a alguien lo que ocurrió realmente”.
El atractivo de este lenguaje resulta comprensible. Las expresiones conocidas permiten reconocer una experiencia y comunicarla con rapidez. También indican al interlocutor cómo desea la persona que se interprete lo ocurrido.
Sin embargo, una misma palabra puede abarcar ahora situaciones muy distintas en cuanto a gravedad. “Tóxico” puede describir a un compañero irritante, una pareja controladora, una amistad complicada o una opinión que alguien rechaza. “Trauma” puede referirse a un daño psicológico grave o a una tarde vergonzosa. “Narcisista” puede aplicarse tanto a una persona con un trastorno diagnosticado como a alguien considerado simplemente egoísta.
A medida que estos usos se multiplican, las palabras ofrecen menos información sobre lo que ocurrió realmente. La diferencia entre estar cansado, sobrecargado de trabajo y sufrir burnout es relevante, del mismo modo que lo es la diferencia entre un conflicto y un abuso. Las etiquetas amplias pueden ocultar esas distinciones, aunque comuniquen de inmediato la postura de quien habla.
Esto no convierte el lenguaje de internet en algo intrínsecamente inferior ni significa que hayan desaparecido las conversaciones detalladas. El habla popular siempre ha favorecido expresiones vivas, útiles y fáciles de repetir.
Lo que está cambiando es la rapidez con la que un grupo reducido de palabras puede extenderse por millones de conversaciones y la amplitud de situaciones a las que puede aplicarse. Una persona puede empezar por una etiqueta porque todo el mundo la reconoce. Que el interlocutor llegue a escuchar alguna vez la explicación completa es otra cuestión.
Sobre MyIQ:
MyIQ se lanzó en 2024 y cuenta con más de un millón de usuarios en todo el mundo. Es una plataforma digital de autoconocimiento que ofrece mucho más que una puntuación de coeficiente intelectual. Los usuarios han completado más de 9 millones de pruebas en distintas categorías, entre ellas capacidades cognitivas, personalidad y relaciones, todas ellas acompañadas de conclusiones personalizadas y aplicables.
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